Por: MSc. Edisbel Suárez Arévalo y MSc. Juan Eduardo Amaya Briñones

En la historia de cada país desempeñan un importante papel las personalidades. En el caso de Cuba son muchas las que han tenido su incidencia, sin embargo, en este sentido no suelen ser mujeres las que predominan. El presente artículo pretende de manera breve incursionar en el estudio de la singularidad de Celia Sánchez Manduley que sobresalió en la última etapa de lucha por la liberación nacional de Cuba y posterior al triunfo de la Revolución cubana.
La importancia de la propuesta radica en el tema que trata, ya que en este caso se propone una visión contextualizada de esta figura y su trascendencia, considerando elementos específicos que la convierten en un ser irrepetible. Su figura ha dejado su impronta en más de una generación de cubanos. Celia, Norma, Aly, Carmen, Liliana, Caridad o simplemente “la flor más autóctona de la Revolución”, se entregó incondicionalmente a las causas justas y siempre estuvo en la primera línea de combate para lograr los cambios necesarios. Sin lugar a dudas, su contribución y reconocido protagonismo la han convertido en una de las más extraordinarias luchadoras revolucionarias cubanas de todos los tiempos.
Había nacido en Media Luna, actual provincia de Granma, el 9 de mayo de 1920. Murió en La Habana, el 11 de enero de 1980. Como una profecía fue registrada con el nombre de Celia Esther de los Desamparados Sánchez Manduley. Su padre fue Manuel Sánchez Silveira, dentista y médico, hombre de amplia cultura, ejerció una significativa influencia sobre su hija. Celia heredó de su progenitor el humanismo, el patriotismo, el interés por la historia, la admiración por Martí, el amor hacia la naturaleza, entre otras cosas. Su madre, Acacia Manduley Alsina, falleció cuando Celia tenía apenas seis años. De ella le vino, sobre todo, su sensibilidad, su alegría y su bondad. La familia y el medio en que se desenvuelve fueron vitales en la formación de su carácter y personalidad.
El golpe de Estado encabezado por Batista el 10 de marzo de 1952, originó un rechazo a nivel nacional. La decisión de Celia de enfrentar al tirano era inevitable y comenzó a organizar los primeros grupos conspirativos en la costa del Guacanayabo en Manzanillo. Para aquel entonces había abrazado las ideas de la ortodoxia.
Una de las acciones de mayor simbolismo en su juventud la materializó el 21 de mayo 1953, cuando participó, junto a su padre, la escultora Jilma Madera y otros martianos, en la colocación de un busto de bronce de José Martí en el Pico Turquino.
A finales de 1954 y principios de 1955 creó el Movimiento Revolucionario Masó en homenaje al general mambí manzanillero. En los meses posteriores pasó a formar parte del Movimiento 26 de Julio y en noviembre de 1955 ya tenía estructurado un sólido aparato clandestino y una base de apoyo con los campesinos para el incipiente movimiento guerrillero. Este fue un paso fundamental para el desembarco del Granma en 1956 y el reagrupamiento de las fuerzas rebeldes posterior a la debacle de Alegría de Pío. Con ella, la mujer cubana tuvo su primera combatiente guerrillera en la Sierra Maestra. Combatió en El Uvero el 28 de mayo de 1957 y el 4 de septiembre de 1958 creó junto a Fidel el pelotón femenino Mariana Grajales.
Tras el triunfo de la Revolución en 1959 asumió importantes tareas y responsabilidades, entre ellas, su labor para conservar la historia y el patrimonio del país, fungió como secretaria de la Presidencia y del Consejo de Estado, miembro del Comité Central del PCC, la FMC y diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular. La huella de su sensibilidad está presente en el Palacio de las Convenciones, la Oficina de Asuntos Históricos, el Parque Lenin, el Palacio Central de Pioneros Ernesto Che Guevara, la Ciudad de los Pioneros de Tarará, el Hospital Ortopédico Frank País, la heladería Coppelia.
Muchos la recuerdan por su preocupación en la búsqueda de soluciones a los problemas de los ciudadanos. El pueblo, al que quiso y nunca defraudó, tuvo una confianza sin límites en Celia. Recibió su recompensa en la veneración que todos le profesaban. Fue una mujer en la que descollaron cualidades como el humanismo, la fidelidad, la sencillez, el afán de justicia y su inquebrantable fe en la victoria. Hay dos asuntos que deben ser ponderados en ella: siempre estaba al tanto de los detalles y su fiel y esmerada atención a Fidel.
Sobre Celia, Armando Hart, dijo: “Su forma de actuar y proceder, su estilo personal y sus reacciones ante los problemas de la vida diaria, tipifican el carácter y el temperamento del pueblo cubano. Era una típica cubana” (Hart: 2020).
En el difícil contexto que enfrenta Cuba actualmente, Celia se convierte en una guía que dicta los pasos del saber hacer. Ella es el ejemplo para la mujer cubana que día a día supera cada adversidad y encuentra, muchas veces, las más admirables soluciones en la defensa del proyecto social socialista cubano que se construye.