Por: EPG. Osmarys Estévez Rodríguez

El hombre, como especie, amén de las polémicas de género, desde los primeros albores se ha diferenciado por su capacidad de razonamiento y conciencia; por ser un ser social, razón por la cual se ha organizado en grupos sociales que generan un código ético, para la supervivencia del grupo, en el que el lenguaje ha sido la clave para poder comunicarse.
La comunicación, por ende, ha devenido en herramienta fundamental para el desarrollo de la especie humana a lo largo de la historia. La que tiene como elementos: al emisor, entendido como la persona que transmite el mensaje. El receptor, persona que recibe el mensaje. El mensaje, la información que se transmite y el canal, medio por el cual se envía el mensaje.
Ya lo decía Epicteto de Frigia “Así como hay un arte de bien hablar, existe un arte de bien escuchar”, por eso “La naturaleza nos dio dos ojos, dos orejas y una boca para que pudiésemos observar y escuchar el doble de lo que hablamos”. En este acto los medios, ocupan un lugar primordial, vistos como instrumento o forma de contenido por el cual se lleva a cabo el proceso de la comunicación. Cuando el mensaje llega a un sinnúmero de personas, entran en juego los medios de comunicación de masas, recibido simultáneamente por una gran audiencia.
El cine es también conocido como el séptimo arte, apelativo por el cual se denota a la cinematografía desde hace más de cien años. La industria cinematográfica es uno de los grandes pilares de la sociedad actual, no únicamente a nivel económico, sino también en el entretenimiento. Séptimo arte porque combina habilidosamente elementos artísticos y técnicos para crear una experiencia única e inolvidable en los espectadores.
El séptimo arte es uno de los fenómenos mediáticos más atractivos y complejos en la actualidad; posee la capacidad de presentar la realidad temporal y espacialmente, valiéndose de un lenguaje propio, conformado por símbolos e imágenes en movimiento que cuenta historias, que al pasar por el tamiz de las subjetividades con las que interactúa, se convierte en un campo de reflexión del pasado y el presente de una nación o cualquier espacio en particular. Pero más allá de vanos entretenimientos, ha logrado reflejar realidades como la globalización, racismo, genocidio, así como otorgar oportunidades a determinados actores locales, antiguamente marginados.
A partir de 1959 se inicia, en todas las esferas de la sociedad cubana, profundos cambios que repercutieron incluso en la fisonomía del cine realizado en esta tierra. Así son producidos con el apoyo del Departamento Cinematográfico de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde los documentales “Esta tierra nuestra”, de Tomás Gutiérrez Alea, “La vivienda”, de Julio García Espinosa, ambos junto a Alfredo Guevara, quienes entre otros, fundaron el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, el 24 de marzo de 1959.
En medio del fervor revolucionario, en mayo de 1961 son expropiadas todas las salas de cine en manos de empresas norteamericanas, pasando bajo la administración del ICAIC, que rectoró todo lo referente a la producción, distribución y exhibición de un nuevo cine, acorde a los cambios operados en el país, que evaluaba e interpelaba críticamente la realidad y el proceso revolucionario.
La década los ’60 es considerada la época dorada de la cinematografía cubana, que asume corrientes contemporáneas como la de la Escuela Italiana, el “free cinema” inglés y la “nueva ola” francesa, en la búsqueda de expresión identitaria propia. Así son producidos algunos de los filmes más relevantes de la filmografía cubana, como “Memorias del subdesarrollo” (1968), de Tomás Gutiérrez Alea, “Lucía” (1968), de Humberto Solás y “La primera carga al machete”, realizada en 1969 por Manuel Octavio Gómez.
También es necesario resaltar la impronta de la mujer como parte de nuestro cine, que difiere de todo lo filmado antes, respondiendo a los roles de las féminas en la Revolución, remarcando los ámbitos a los que accedía en estas condiciones.
En la década siguiente, predomina la línea narrativa tradicional, en las que destacan: “El hombre de Maisinicú” (1973) de Manuel Pérez, “La última cena”, de Alea en 1976 y “Retrato de Teresa” (1979), realizada por Pastor Vega, que van desde los dedicados a resaltarlas proezas de los héroes cubanos, pasando por la reflexión sobre los intereses de clase y el poder en la Cuba revolucionaria hasta la exposición del tema del machismo y la asimilación de roles femeninos.
En los ’80, el cine cubano se encontraba en una crisis creativa, se abandonaba la reflexión profunda, por el facilismo, en este momento la calidad pasa a un segundo plano, para darle paso a la cantidad como elemento primordial, por esto se realizaron películas de corte obrero, comedias costumbristas, de temas campesino, estudiantil y profesional, marcan un hito filmes como: “Se permuta” y “Plaff” de Juan Carlos Tabío, “Una novia para David” (1985) “Papeles secundarios”, de Orlando Rojas, así como “La Bella del Alhambra”, dirigida por Enrique Pineda, rodada en 1989.
La última década del siglo XX, marcada por el recrudecimiento del panorama económico, profundizado por la caída del bloque socialista, con lo que decrece la producción cinematográfica considerablemente. El ICAIC pasa a ser un organismo autofinanciado, se comienzan a realizar coproducciones para apalear la situación. La crítica se caracterizó por su fortaleza, las obras realizadas son más reflexivas, en busca de códigos más refinados que reflejen la realidad cubana del período, es este un cine muy polémico, apreciándose el nexo interno de la conciencia social e individual y el modo de organización, de interacción de elementos y procesos de los fenómenos sociales la expresión nacional.
Por tanto, las contradicciones de esa sociedad convulsa influyó en la diversidad de temas abordados, que rompe los esquemas de la filmografía en Cuba, sean ideológicos, sociales y de toda índole, insertando temas nunca tratados por nuestro séptimo arte, como el fenómeno de la emigración, las relaciones homo – bi – transexuales, distinguido en esta época por alto grado de elaboración, con ejemplos como: “Alicia en el pueblo de Maravillas” (1990), de Daniel Díaz Torres, “Adorables mentiras” (1991), de Gerardo Chijona, la memorable “Fresa y Chocolate”, de los directores Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea, “Madagascar” (1996), de Fernando Pérez, entre otros.
A modo de resumen el cine cubano de inicios del Tercer Milenio, no abandona las propuestas estéticas y axiológicas del realizado en la década anterior. Se profundizan en esta filmografía temas recurrentes, como la emigración, las relaciones de género asimétricas entre hombres y mujeres y otras tendencias sexuales, así como el tratamiento de la realidad cubana desde varias aristas.