Por: Oscar Sánchez Serra
Tomado de: Periódico Granma

«Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido, es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive; es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote, es preparar al hombre para la vida».
No más. La genialidad de la prédica martiana, por excelencia humanista, nos atraviesa desde esa concepción de que el hombre se salva educándose, porque nada lo va a preparar más que saber qué y cómo hacer ante los retos de su existencia.
En esa mirada, aun cuando en sus textos no aparece el término Cultura Física –lo cual es lógico, pues, como lo conocemos hoy, esa expresión cobra fuerza en el siglo XX, sobre todo, en Europa– apreció la importancia que tienen los ejercicios físicos y la necesidad de estos para la salud mental. En La Edad de Oro se lee: «Los pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo, algo así como correr mucho, reírse mucho y dar gritos y saltos».
No era lo que se llama un portento físico, pero sí interpretó, también como pocos, las potencialidades y la trascendencia de cultivar el cuerpo. Dijo que no hay nada que embellezca como el ejercicio de sí mismo, ni nada que afee como el desdén o la pereza o el miedo de poner nuestras fuerzas en ejercicios.
Practicó el ajedrez entre 1875 y 1877, en México y Guatemala, pero posiblemente solo quede anotada la partida que lo puso delante del niñito mexicano Andrés L. Viezca, para regalarnos la tierna frase «ese hombre de La Edad de Oro es mi amigo».
Sin ser un profesor de esta especialidad, devenida ciencia pedagógica, pensó como tal. Si no, cómo entender su razonamiento de que para los niños es preciso robustecer el cuerpo en la medida en que se les robustece el espíritu. Es de Martí que aprendimos la singularidad de ambos elementos en la armonía del cuerpo humano. Si queremos, podemos llamarle integralidad en la educación, o simplemente que la Educación Física es el soporte de un caudal inmenso de conocimientos y de intensas jornadas en las que el intelecto le exige al cuerpo resistencia y fortaleza.
Su verbo lo definió con claridad: «hay que fortalecer el cuerpo en las ciudades, donde el aire es pesado y miasmático, causa el estrés, y la mejor forma de combatirlo es poner los músculos en movimiento». Se ajustaba así al concepto de Cultura Física, que comprende todo el conjunto de manifestaciones físicas, deportivas y recreativas desde una perspectiva sociocultural.
Así nos lega una de las más preclaras concepciones del valor social de la actividad física y deportiva, que hoy ha de ser letra viva, desde el terreno hacia la sociedad. Consideraba que los estadios deben tener la virtud de aula fecunda, «donde las juventudes anhelantes van a beber en las fuentes notabilísimas del conocimiento; no la fuerza bruta, sino expresión de la cultura y manifestación de arte, tienen que definir el deporte».
Por eso no le tembló la pluma al exponer su crítica ante los desmanes del boxeo. En el periódico La Nación, de Buenos Aires, en marzo de 1892, al narrar la pelea entre John Sullivan y Paddy Ruyan, escribe: «Aquí los hombres se embisten como toros, se muerden y se desgarran en la pelea, y van cubiertos de sangre, despobladas las encías, magulladas la frente, descarnados los nudos de las manos, bamboleando y cayendo, boxea y hecha al aire los sombreros, y se avalancha en su entorno, y les aclama el saco de moneda que acaban de ganar en el combate».
Para Martí nada hay más preciado que un ser humano emancipado, por eso, frente al cuadrilátero de la barbarie, denunció que «…ellos van de negocios y deben apostar al mejor, pero un charlatán ha puesto a los brazos de uno, dos millares de pesos y un diarista ha puesto a los brazos del otro, dos millares y ajustan la pelea, la sangrienta pelea, porque no viene mal ganar rompiendo hueso y sacudiendo en los cráneos los cerebros…».
Hoy, cuando el atleta, por mucho que gane, es usado por quienes se llevan el fruto de sus esfuerzos en los grandes escenarios, hay que recordar que el Apóstol de la Independencia de Cuba había advertido, sobre las carreras, que «Guerrero era bello, así como un venado, y Albert era bello como un caballo», para ilustrar cuán deshumanizados se veían los hacedores de las emociones, como si fueran animales sometidos a grandes demandas para engordar las arcas de aquellos que manejaban, y hoy manejan los negocios.
A él debemos ir en busca de ese pensamiento en la Cultura Física, que él también ató al desarrolló de la salud. En las Obras Completas, en los tomos 2, 5, 9, 12 y 14, encontraremos esa savia imprescindible.
En la escuela, cuando salgamos a la Educación Física, el profe nos lo puede traer en una carrera, en un salto, en un ejercicio de fuerza, para escalar hasta el podio de premiaciones, que para él siempre fue el mejoramiento humano.
Disponible en: https://www.granma.cu/cuba/2024-01-26/el-profe-de-educacion-fisica-26-01-2024-23-01-28