En defensa de los refranes y su valor didáctico

Por: MSc. Gretys Prada Matos

Los refranes son una fuente rica en metáforas, idiomaticidad y alto grado de expresividad en la lengua que hablamos. Son enunciados fraseológicos que utilizamos para trasmitir un mensaje, en un acto de habla completo, que invita a la reflexión sobre variedad de temas con intención educativa. De ahí sus enseñanzas a partir de consejos que van desde la relación de pareja, las amistades, la educación formal, la religión, la experiencia, la sociedad, entre otros, en función de promover reflexiones útiles para la vida cotidiana. Por este motivo, son expresión de sabiduría popular y de identidad sociocultural.

Aunque tienen un carácter anónimo, son el resultado de fenómenos culturales generados por determinados grupos sociales, trasmitidos en los pueblos de generación en generación y fijados en la norma por su frecuencia de uso en el lenguaje, lo que les otorga estabilidad en la lengua. De ahí su institucionalización o convencionalización

Muchos refranes son heredados de la influencia de otros pueblos, como es la influencia española, africana y aborigen en la cultura cubana. Por eso son exponentes de creencias y pensamientos transculturales que se han mantenido a lo largo del tiempo.

Corpas Pastor (1996) los define como la paremia por excelencia debido a su significado referencial y a su utilización para convencer y persuadir al receptor.

Por esta razón, mediante los refranes se aprenden normas adecuadas sobre comportamientos sociales, se corrigen actitudes, se expresan valores morales y consejos que, desde el punto de vista didáctico, contribuyen al trabajo educativo en diversos contextos socioculturales y a la formación de conocimientos, actitudes y buenas maneras en los estudiantes. Por ello es recomendable estudiarlos en las clases no solo de lexicología española y de lengua y comunicación, sino también, desde una perspectiva interdisciplinaria, en otras asignaturas para el tratamiento educativo y formativo en clases.

Los refranes son uno de los usos idiomáticos más comunes empleados por los cubanos en el lenguaje coloquial. Son el reflejo del habla viva, de la identidad social y cultural de nuestro pueblo. Por este motivo, su aplicabilidad es fundamental para el desarrollo de la competencia comunicativa e intercultural en la enseñanza del español como lengua extranjera en contextos formales.

Los cubanos siempre empleamos refranes porque somos dicharacheros, nos reímos de nuestros problemas, nos crecemos sobre las dificultades “donde una puerta se cierra, otra se abre” y siempre ponemos “a mal tiempo, buena cara”, creamos, inventamos, nos volvemos cada vez más resilientes y siempre buscamos una salida a pesar de los momentos difíciles por los que atravesamos: “Dios aprieta pero no ahoga”, “al que madruda, Dios le ayuda”; “agua pasada, no mueve el molino” y “no hay mal que por bien no venga”.

Somos un pueblo con mucha identidad, que defiende sus raíces, sus principios y no estamos indefensos ante los odiadores que nos agreden, pues sabemos que “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”, por eso defendemos nuestra dignidad y nuestra verdad “al pan, pan y al vino, vino” porque “más vale prevenir que lamentar”. Somos valientes y luchamos en defensa de la verdad y la justicia porque “la mentira tiene las patas cortas” y bien sabemos que “la experiencia es la madre de la ciencia”.

Nuestro humanismo, fraternidad y compañerismo, nos caracterizan, de ahí que “una mano lava la otra y las dos lavan la cara “, “el que a buen árbol se arrima buena sombra le cobija” y “haz el bien y no mires a quien”, porque compartimos lo que tenemos y no lo que nos sobra. Somos jaraneros, irónicos y sagaces, los refranes nos acompañan desde pequeños y en cada una de las etapas de nuestra vida. Son muy conocidos a través de los consejos de nuestros abuelos y nuestros padres “el que no oye consejos, no llega a viejo” y sobre todo en su insistencia por la buena elección de las amistades “dime con quén andas y te diré quien eres” y “cuentas claras, conservan amistades”. También somos supersticiosos y creemos en la mala suerte, según viejas tradiciones, por eso el fatídico número trece en el refrán “martes trece ni te cases ni te embarque, ni de tu familia te apartes”.

“Amor con amor se paga”. Somos un pueblo de paz y de amor, que tiene mucho que mostrar al mundo, mucho que aportar en defensa de la humanidad y la justicia social. Somos un pueblo que hace la paz y no la guerra y como dijera Fidel: “La paz con la paz se paga”.

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